Navegando entre páginas de papel


Brindemos con claveles
10/26/2010, 0:33
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No parábamos de cargar bultos en nuestro pequeño coche, un viejo simca que siempre parecía que carraspeaba al arrancar. Esperábamos que no parara hoy de hacerlo. Eran las diez y media de la noche y todo estaba listo para partir. Mi hermano estaba atando el maletero para no perder nada de equipaje por el camino, mientras mi novia nos miraba pidiéndonos que recapacitáramos. Llevábamos mas de dos años de noviazgo pero ya sabíamos que estábamos hechos el uno para el otro. Miraba a sus ojos y me costaba mantener la mirada. Veía mi propio miedo, el miedo de no volver a verla se apropiaba de cada uno de mis frágiles pasos. Pero ya no había marcha atrás. No después de esto.

Carlos se acercó y depositó un gran paquete alargado envuelto en mantas sobre el capó. Todos los allí presentes sabíamos lo que contenía. Desenvolvimos el paquete y dentro había varias pistolas, cuatro “chopos” y una copiosa cantidad de munición. Me despedí de mi novia con un gran abrazo mientras se nos saltaban las lágrimas. La besé con toda la pasión que puede demostrar el ser humano.

Todos estaban ya dentro del coche, solo faltaba yo. Cogí el último fusil que quedaba y me monté en el coche. Una vez dentro nos atábamos pañuelos rojos en manos y cuello mientras Carlos ponía en marcha el coche. Me asomé por la ventanilla trasera y grité: – En una semana volveré. Te lo prometo. Te quiero muchísimo vida mía.
En el coche la presión se iba almacenando a medida que los celtas se iban consumiendo. Y hacia allí íbamos, hacia la frontera mientras cantábamos “Grândola vila morena… terra da fraternidade… o povo é quem mais ordena… dentro de ti, ó cidade”